Eran las 12 de la noche de otro día de duro trabajo y de falta de sueño. El
agente del FBI Stan Gibbs nadaba en un muro de papeleo interminable: testimonios,
fotos, documentación sobre pruebas... Una montaña de cigarrillos y un vaso de
whisky con un par de hielos, hacían de adornos en la mesilla cerca de la lámpara,
y de fondo se oía el Réquiem de Wolfgang Amadeus Mozart. Esa obra maestra
conseguía calmar sus nervios, a la par que le hacía concentrarse más allá de lo
que cualquier otro método pudiera.
"Necesito vacaciones, sino... no sé cuanto voy a durar a este
ritmo", pensó Stan mientras vaciaba el vaso de un trago. Cogió otro
cigarrillo, lo encendió y se levanto de la silla. Se dirigió al mini bar casero
que se había construido hace un par de años, mientras estaba de baja por un
disparo que recibió en estando de servicio. La cicatriz aun le molestaba, y de vez
en cuando se la palpaba en un movimiento instintivo, una costumbre. Eso mismo
hacía mientras se servía otro trago, tras darse cuenta que de nuevo se tocaba
el hombre derecho, rápidamente dio otra calada al cigarro para apartar la mano.
Cogió de nuevo el vaso y le puso otro hielo camino a la mesa. Ese
nuevo caso del asesinato de un agente del FBI infiltrado en una banda de
traficantes de armas, tenía a la agencia muy alterada. La mayoría de los
agentes habían tenido que aparcar sus asuntos de menos relevancia para atender
a la prioridad número uno del momento. Recogió un expediente y fijó su mira en
el sofá, necesitaba algo mullido pues llevaba más de 2 horas sentado en la
silla y tenía el culo literalmente cuadrado. Acomodo unos cojines, encendió la lámpara
de pie que tenia y se tumbo en el sofá.
El sonido del teléfono le despertó a las 8 a.m, se había quedado dormido
mientras leía todo ese papeleo que guardaba la carpeta del expediente. Cogió su
móvil y vio que era su futura ex-mujer, siempre era su ella, estaba de los
nervios porque Stan no había firmado los documentos del divorcio, y la verdad
pretendía alargar todo lo que pudiera el acontecimiento solo por hacerla sufrir.
Ella le había hecho la vida imposible en los últimos años de relación. Sus
caprichos, sus cambios de humor y esa altanería que le entró por ser la mujer de un alto
cargo en una de las instituciones más importantes del mundo. A él
eso lo carcomió por dentro, no le gustaba ser el centro de atención, ni fardar
de sus méritos ni aprovecharse de su cargo en el trabajo. Solo buscaba hacer el
bien común, ayudar en todo lo que fuera posible sin atender a los halagos ni
condecoraciones.
-Dime Steffi, ¿Que te trae de los nervios hoy?-, le dijo Stan nada mas
aceptar la llamada.- ¿Cómo que, que me traes de los nervios? no me seas
petulante! Ya sabes el porqué de mi llamada, siempre es la misma razón por
desgracia. ¿Te vas a dignar a filmar los papeles algún día?-, le recriminó ella
claramente disgustada. En su voz Stan podía sentir todo ese resquemor acumulado
durante años, por la falta de atención y cariño que según ella, él no le había
dado. - Tranquila, ando muy liado últimamente en el trabajo, ha pasado algo
importante y no puedo desviar mi atención sobre cosas más rudimentarias -, respondió
Stan con un ligero toque de cansancio y aburrimiento en sus palabras. - lo
siento Steph tengo que dejarte, me pillas en mal momento... -, - Siempre es un
mal momento para ti, pero ten por seguro que en breves los firmaras, eso te lo
aseguro!-, le corto ella con síntomas de histeria en su voz. - Adiós Steph, como
siempre un placer -, le dijo Stan y colgó sin darle opción a que ella le
respondiera.
Tras arrojar el móvil al sofá, se fue al cuarto a coger una toalla para
darse una ducha. Se afeito y se recorto el pelo a sí mismo, no se cansaba en ir
a la peluquería pues tenía ya cogida la medida a como cortarse el pelo a si mismo
desde hace años. Se puso sus jeans vaqueros, una camisa blanca, la corbata y la
chaqueta negra, tras verificar que hacía buen tiempo, se acerco a armario y
cogió una de sus gafas de montura negra y cristales negros. Salió de casa y lo
degustó, hacia un buen día, un día soleado con una ligera brisa que amenizaba ligeramente calor sobre si cuerpo. Su Mustang negro lo esperaba como cada mañana, con esa figura
imponente, Stan adoraba ese coche, era su momento de mayor placer durante el día,
cuando lo conducía y dejaba de preocuparse de las cosas que lo rodeaban.
Al llegar a la sede principal del FBI, como de costumbre debía enseñar su
acreditación a Tim. - Buenos días Tim, ¿alguna nueva para comentar? seguro que
tienes alguna historia o algún cotilleo que comentar - le dijo Stan mientras se reía.
- Sabes que sí, pero estos días anda los jefazos controlando todo y será mejor
que te lo comente más tarde, cuando se vayan a jugar una partida de póquer
mientras beben unos tragos de Whiskys de $300 la botella -, le respondió este con un tono
de cachondeo. - Tienes razón Timmy, luego quedamos como siempre para tomar un
trago en el bar y me lo comentas tranquilamente. Cuídate artista y que te sea
leve -, Stan y Tim chocaron los puños en señal de complicidad. Los 2 se conocían
desde la juventud y desde entonces ya tuvieron la ambición a ser agentes de la
ley, pero un desafortunado accidente le privó a Tim el poder cumplir su sueño.
Los clavos en su pierna, cintura y la placa en la cabeza le habían hundido física
y mentalmente. Stan siempre le apoyaba en todo lo que podía, por algo era su
mejor amigo, pero cuando se trataba del lugar de trabajo, mantenían las apariencias,
no querían inspirar dudas entre la demás gente, por si algún día esto pudiera
importar o repercutir.
Al salir del coche cogió su maletín, en el la verdad llevaba bien poco, unos
cuantos documentos de seguridad nacional y de obligación, era imperativo que
los llevara encima para cualquier situación. Sobre los documentos referentes al caso
que les traía de cabeza, tenía las copias exactas en casa y en su despacho. Claramente en casa tenía una caja fuerte de nivel máximo, obsequio de la
agencia, ellos sabían perfectamente que los agentes no podían andar de un lado
a otro con ese material clasificado y tan importante. Ya en el ascensor
mientras subía al piso 78, 2 menos que el del director de la agencia, su
compañero Anthony se unió a él en el piso 10. - Buenos días Tony, ¿Que vienes de
la visita diaria a recursos humanos? esa sonrisa disimulada en tu semblante
serio te delata -, le dijo Stan con una mirada de complicidad. - Como me conoces
mamonazo, ¿No hay nada que se te escape? y eso que e subido un par de pisos por las escaleras -, le respondió Anthony dándole un
golpecito en el hombro. - ¿Alguna novedad sobre el caso? estoy deseando cerrarlo
para poder irme de vacaciones de una santa vez - dijo Stan con un brillo de
ansiedad en sus ojos. - La misma telaraña de ayer, está jodida la cosa,
esperemos que pronto obtengamos alguna información nueva y relevante -, suspiró
Anthony con una mirada ausente.
Las horas delante del ordenador, con una mano colgada del teléfono fueron un
suplicio para él. Mientras hablaba con uno de sus contactos en el mundo del
contrabando, recibió un email con el asunto: "Ábreme agente Stan", el
abrió el correo electrónico con una sensación rara en el cuerpo, leyó lo que ponía y unos sudores fríos emanaron de su frente, el hombro... el hombro le empezó
a arder como nunca antes le había sucedido.
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